Agricultura en invernaderos y fitotoldos en los Andes

Agricultura en invernaderos y fitotoldos en los Andes

La agricultura en las zonas frías de los Andes, arriba de los 3,000 metros de altura, propensas a heladas, sequías y granizadas, está perfectamente demostrada que es posible hacerla en pequeños invernaderos; y, los rendimientos económicos alcanzados son superiores a las crianzas de animales mediante el pastoreo, pudiendo complementarse ambas actividades en beneficio de las poblaciones allí existentes, la mayoría consideradas en extrema pobreza.

Los cultivos experimentales desarrollados por particulares, empresas mineras, comunidades andinas, escuelas rurales, municipalidades, Foncodes y varias ONG, han demostrado que pueden mejorar las dietas de las poblaciones locales, incluyendo tomates, cebollas, col, coliflores, repollos, pepinos, zanahorias, alcachofas, betarragas, acelgas, apio, calabazas, zapallos, melones, sandía, entre otras hortalizas y frutas, las mismas que ahora nadie cultiva en ese clima inhóspito.

Solo pequeñas inversiones

¿Qué se requiere para promover el concepto de agricultura en invernaderos? Un poco de orientación técnica, semillas y una pequeña inversión en plástico para crear el clima propicio a la agricultura. No es que aboguemos a favor del plástico, pero correctamente utilizado para techos y forrar paredes puede servir para mejorar las condiciones de vida de millones de personas que habitan en la zona andina y que viven muy distantes de los mercados tradicionales.

Corresponde al Gobierno tomar la iniciativa de las ONG como Desco Sur, el Instituto de Alternativa Agraria (IAA), y Proder Chavín, entre otras, y desarrollarla en las poblaciones alejadas y víctimas de la inclemencia del clima, en vez de estar regalando el dinero del Presupuesto para crear el bienestar de un día, dos o tres, cuando lo que necesitan allá arriba en los Andes son soluciones técnicas duraderas y enriquecedoras.

Así lo pudieron comprobar, personalmente, nuestros reporteros cuando viajaron a la localidad de Huinipampa, en la provincia de Espinar, la zona más fría de Cusco, y allí recibidos por el Ing. Zoot. Juan Mostacero León y los trabajadores de la entonces Fundación Tintaya, orgullosos de producir pepinillos, zapallitos y diversas hortalizas, libres de agroquímicos, a 3,500 m s.n.m.

Agricultura en invernaderos y fitotoldos en los Andes

Tomate “Toluca F1” indeterminado en invernadero

“La producción de cultivos en invernaderos es de suma importancia ya que nos da una ventaja sobre la producción convencional o a cielo abierto porque se establece una barrera entre el ambiente externo y el cultivo, creando un microclima interno que permite proteger el cultivo de condiciones adversas (viento, granizo, plagas, etc.) y controlar factores como la temperatura, radiación, concentración de CO2, humedad relativa”, manifiesta el Ing. Luis Nacarino Monzón, especialista en la materia.

“En zonas de más de 2,500-4,000 m s.n.m. nos permiten obtener producciones muy buenas a pesar de las bajas temperaturas”, explica por su parte el Ing. Agr. Delfo Herbert Cuayla Maquera, quien nos muestra una rica producción de tomate de la variedad Toluca F1, en su invernadero construido sobre 5,000 metros cuadrados en su fundo Calaluna, valle de Moquegua, Mariscal Nieto, región Moquegua. Ahí también produce pepinillo “Induran RZ”.

En la costa, el principal problema en cultivos normales son las plagas y con los invernaderos con malla antiáfida se las controla en un 90 %, ya no se usa los agroquímicos y tenemos productos orgánicos para el mercado.

“Yo he seleccionado buenas semillas de tomate indeterminado (variedad Toluca F1). Las plántulas están 30 días en las bandejas, y en este tiempo alcanza el tamaño necesario para ir a campo”, añade el Ing. Cuayla Maquera.

Una vez instalada las plántulas en campo, en unos 80 días aproximadamente, se empiezan a cosechar los primeros tomates. La producción de esta hortaliza es por lo menos cinco meses continuos, ya que esta variedad es indeterminada y su rendimiento es de 150 toneladas por hectárea. El peso de cada fruto es de 130 a 150 gramos, y todos de tamaño uniforme.

“Una vez culminada la cosecha, haremos rotación, es decir, sembraremos tomate en los terrenos que fueron sembrados con pepinillo, y pepinillo en los que estuvieron con tomate”, informa el Ing. Cuayla Maquera.

Por su parte, el Econ. Carlos Paredes Gonzales, director ejecutivo de la ONG Instituto de Alternativa Agraria (IAA), comenta: “En Puno hemos logrado sacar 12 cosechas de alfalfa sembradas en invernadero y con riego tecnificado, es decir uno por mes. También hemos producido uvas. Todo se puede hacer con los invernaderos”.

 

En síntesis, por el cambio climático y la desnutrición que va creciendo en las zonas rurales de los Andes, es hora de poner en marcha esta tecnología.

 

 

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