El tarwi, también conocido como chocho, es un cultivo de gran importancia nutricional y ecológica en la región andina, que merece especial atención, en virtud a sus extraordinarias propiedades nutricionales y medicinales.
En comparación con la soya, el tarwi destaca por su mayor contenido de proteínas y aceite. Sin embargo, sus ventajas van más allá.
Desde una perspectiva agrícola, el tarwi prospera en altitudes superiores a los 2200 metros sobre el nivel del mar, y sus parientes silvestres se encuentran incluso a 4600 m s.n.m. Esto lo convierte en una alternativa potencial para la región andina, tal como lo señalan investigadores como Blanco (1991) y Tapia y Fries (2007).
Pero el tarwi no solo es un aliado en la lucha contra el cambio climático climática. También aporta beneficios sustanciales desde la perspectiva de la salud. Estudios recientes, como los realizados por Baldeón en 2014, han demostrado que el consumo de tarwi, tanto crudo como cocido, y sus alcaloides, puede contribuir a reducir las concentraciones elevadas de glucosa en pacientes con disglucemia o diabetes tipo 2.
Sin embargo, es importante destacar que el tarwi presenta limitaciones en aminoácidos azufrados como la metionina, al igual que otras leguminosas, pero que se puede superar con dieta equilibrada que incluya granos andinos en su conjunto.
Desde una perspectiva ambiental, el tarwi y sus parientes silvestres se proyectan como recursos fundamentales para mejorar la fertilidad de los suelos. Su capacidad de fijar el nitrógeno atmosférico no solo beneficia la producción agrícola, sino que también contribuye a reducir la proliferación de plagas, gracias a su contenido de alcaloides, según estudios como los de Blanco en 1991. La reintroducción del cultivo de tarwi en la rotación de cultivos andinos fortalece los sistemas de producción orgánica o ecológica, promoviendo la sostenibilidad.
Se requiere una política de promoción de su cultivo, consumo, industrialización para asegurar un futuro más saludable y sostenible en los Andes del país.
