“¡Hay que sentir amor por la agricultura… agricultor que no ama sus cultivos, está perdido!”, expresa la Sra. Sabina Sánchez Carranza, productora del caserío de Mochal, distrito de Poroto, provincia de Trujillo, región La Libertad. Y lo afirma con conocimiento de causa, porque ella y su familia —esposo y cuatro hijos— conducen un impresionante proyecto agroecológico, que desarrolla en sus tres fundos: “El Arco”, “La Donación” y “Tres Cruces”, que juntos suman siete hectáreas y donde coexisten 250 cultivos, con predominio de especies frutales.
Es que la Sra. Sabina Sánchez comprende muy bien las ventajas ecológicas y económicas de la diversificación agroproductiva, que le genera mejores condiciones para su desarrollo, que en términos de rentabilidad, significa mayores ingresos económicos para su familia.
Ella cultiva piña “Cayena”, “Roja” y “Golden”; palta “Hass”, “Fuerte” y cinco tipos de “Criolla”; guayaba roja, verde, rosada, crema, amarillas, además de una de procedencia brasileña y otra colombiana que pesa 750 gr/unidad; más de 10 variedades de frijoles, incluyendo “Inca” y el “Bayo Mochica”; tubérculos, ajíes, rocotos y verduras, además de flores, plantas medicinales, árboles maderables (cedro, tornillo, bambú, caña “Guayaquil”, eucalipto, entre otros).
Y todo ello sostenido con nutrición orgánica. Allí mismo se elabora todo el compost y humus necesario, aprovechando la abundancia de subproductos y residuos vegetales, el estiércol de las granjas de cuyes y gallinas ponedoras y los despojos de las quince colmenas apícolas que también forman parte de ese emporio agrodiverso.
Anima esta empresa verde un espíritu conservacionista, que nace de la lamentable desaparición de varias especies que la señora Sabina cultivó en su niñez; pero también la afición por atesorar y cultivar toda especie que brote sobre la tierra.
A este oasis diverso muy pronto se incorporarán la canela, el clavo dulce y el laurel comestible.
Una escuela viva
Doña Sabina cuenta que le gusta sembrar de todo un poco —salvo piña (5 ha), que tiene fines estrictamente comerciales—, aprovechando cada milímetro de área libre y los claros de los frutales y árboles madereros; pero también le complace producir calidad en todo lo que brota en sus parcelas, además se confiesa obsesiva del orden. Cada plantación no puede ocupar cualquier lugar. Tiene su espacio y su lugar.
El ritual de incorporación y adaptación de cada nueva especie es propio. Una vez conseguida la semilla, se procede a una ardua investigación, adquiriendo literatura relacionada, buscando en internet y valiéndose de especialistas —los de Senasa-La Libertad son sus mejores aliados, incluso el mismo jefe, Ing. Marco Polo Zapata Flores—, luego viene la producción de almácigos, en un bien implementado vivero y aparejado de los mejores tratamientos y cuidados. El siguiente paso es el proceso de adaptación, basado esencialmente en el método del ensayo y error, ejercido con especial celo cuando se trata de una semilla foránea. Hay también mucha creatividad, deliberación y audacia. Y como no, la aplicación de algunos saberes agrícolas ancestrales, preferentemente el del calendario lunar. (Empleado también en la normal siembra, cultivo y cosechas; incluso para esquivar ciertas plagas y reducir el empleo de herbicidas).
Es así como se ha logrado adaptar muchas especies, entre ellas las amazónicas camu camu y zapote, del cual tiene tres variedades y un rendimiento mejor que en su tierra de origen. Realmente, está incubándose allí una escuela viva de experimentación y aprendizaje agroecológica y diversificación productiva. De lo cual pueden dar fe alumnos y profesores de universidades locales con carreras agropecuarias que no paran de visitarla. “Una cosa es la teoría, y otra, la práctica”, dice Sra. Sabina Sánchez; y aprovecha para invitar a su templo verde a los pequeños productores que desean replicar su exitosa experiencia, pues le gusta compartir lo que sabe.
Dicho sea de paso, el empleo de la estratégica siembra escalonada en los cultivos transitorios amerita destacarla, que le permite cosechar durante todo el año, pero sobre todo en épocas donde escasean los productos en el mercado. Así se sortea la saturación de mercados, las mordidas del desplome de precios y nunca cesa el flujo de ingresos de caja.
Todo queda en familia
Aunque la señora Sabina es el cerebro y motor de ese proyecto emblemático agroproductivo, la familia entera está involucrada: su esposo, el Sr. José Gregorio Aguilar Nolasco, está encargado de las gestiones públicas, indagaciones técnicas y representación institucional; su hijo José, apoya en los trabajos de campo, principalmente del manejo de la piña; Luis, transporta diariamente las cosechas a los almacenes en los mercados trujillanos de “La Hermelinda” y “El Progreso”, donde sus hijas Rosita y Esther, despachan la producción al por mayor y menor. Buena parte es dirigida al norte del país, Lima y la sierra liberteña.
Hasta antes de la pandemia estaban exportando palta y maracuyá, a través de la Cooperativa “Ceprovasc”. Pero luego se complicó todo. La fruta se malograba en las chacras porque no se podía sacar a los mercados. Y aún la situación sigue difícil.

Sueños por realizar
El anhelo familiar es poner los tres fundos bajo una red de riego por goteo, instalar una planta procesadora de frutales y crear su propia marca para vender sus productos a través de su propia empresa comercializadora. Por lo pronto, la señora Sabina está empeñada en impulsar un comité distrital de comercialización de piña, tomando en cuenta que Poroto es productor de piña por excelencia. Años atrás había sido fundadora de la Feria Regional de la Piña de Poroto y coorganizadora de la Central de Productores del Valle Santa Catalina, que luego se convirtió en la Cooperativa “Ceprovasc”. (Ermitanio Floriano Hermenegildo)
