En el anexo de Ccolpapampa, distrito de Anchihuay, región Ayacucho, Miguel Lapa Gutiérrez ha convertido el cultivo de café en una oportunidad de desarrollo familiar y crecimiento productivo. Con 13 años de experiencia, hoy apuesta por la producción de cafés especiales de las variedades Obata rojo y amarillo, con el objetivo de posicionar el café del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) en mercados más competitivos.
El café se convirtió en el principal sustento de su familia y en la actividad que le permitió educar a sus hijos y mejorar las condiciones de vida de su hogar. “Con mi cultivo de café sostengo mi hogar y educo a mis hijos”, comenta con orgullo. Proveniente de una familia cafetalera, decidió continuar con esta tradición agrícola que actualmente impulsa con una visión enfocada en la calidad del producto y la comercialización de cafés especiales.

Antes trabajaba el campo con conocimientos tradicionales; sin embargo, a partir de la asistencia técnica de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devida), fortaleció sus capacidades en abonamiento, poda, cosecha selectiva y manejo de postcosecha. Uno de los cambios más importantes fue la implementación de secadores solares, dejando atrás el secado sobre el piso, práctica que limitaba la calidad del grano. Esta mejora permitió conservar mejor las características del café y avanzar hacia estándares más competitivos para el mercado.
Actualmente integra la Cooperativa Agraria Yuraq Yaku, donde junto a otros productores trabaja para fortalecer la presencia del café del Vraem en mercados nacionales e internacionales. A través de la organización comercializan café en grano, tostado y molido, impulsando productos con valor agregado que generan mayores ingresos para las familias socias.

Miguel tiene una meta clara: que en los próximos años su producción sea reconocida en diferentes ferias y logre mejores precios mediante la elaboración de cafés especiales. Convencido de que el café representa una alternativa sostenible para las familias del Vraem, continúa trabajando para mejorar la calidad de su producción. “Cada taza lleva el esfuerzo de mi familia y el trabajo de años en el campo. Cuando alguien prueba nuestro café, también conoce nuestra historia”, concluye.
