Ha quedado demostrado que la segunda reforma agraria, una de las principales promesas electorales del presidente Pedro Castillo Terrones, fue una burda farsa. Desde que lanzó oficialmente el 3 de octubre en la explanada de la fortaleza de Sacsayhuamán, Cusco, no se ha hecho nada concreto en su primer año de gobierno, salvo la entrega de un poco de guano de islas a algunas comunidades campesinas, principalmente, de la sierra sur.
No existe una política agraria ni de corto, mediano y largo plazos, por el constante nombramiento y cambios de ministros (5 en un solo año) a personas completamente ajenas al sector y sin la preparación profesional mínima –salvo el actual, Econ. Andrés Alencastre Calderón– ha hecho que el sector prioritario de la economía nacional camine solitariamente para garantizar el 70 % de alimentos que consumimos todos los peruanos.
Según el mandatario, la segunda reforma agraria beneficiaría a los 2.2 millones de agricultores que constituyen el segmento de la agricultura familiar, quienes ya perdieron todas las esperanzas de esa vil promesa del mandatario chotano y de sus exministros de Desarrollo Agrario y Riego.
