Por: Muhammad Ibrahim, director general del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA)
Austeridad, conocimiento, foco, eficacia y resultados traducidos en acciones con impacto en los países. Esas debieron ser las orientaciones, ofertas y entregas principales de los organismos internacionales que aspiran a mantenerse relevantes en el tiempo e incrementar su vigencia a través de la aportación de valor a sus Estados Miembros.
Para concretar esos objetivos, es decir, para perdurar y crecer siendo útiles, es necesario asumir como tarea primordial convertirse en espacios de encuentro destinados a facilitar la coordinación y los consensos entre los Estados Miembros, así como colaborar activamente para, con base en la ciencia, la innovación y las buenas prácticas, ayudar a superar problemas comunes y aprovechar oportunidades. El trabajo debe ofrecer resultados e impactos positivos.
Las áreas de la agricultura y la ganadería, que conectan asuntos vitales como la seguridad alimentaria y nutricional, el desarrollo de la ruralidad, el abastecimiento para nuevas cadenas de valor, la incorporación de nuevas tecnologías y el manejo de los recursos naturales, entre otros, enfrentan grandes desafíos producto de la coyuntura actual, caracterizada por cambios y rupturas en ámbitos como el económico, el sanitario y el geopolítico.
En las próximas décadas será necesario producir alimentos para 10.000 millones de personas, y hacerlo con dietas diversificadas y nutritivas, basadas en sistemas de producción resilientes a los shocks provocados por el estrés ambiental, que a la vez sean eficientes en el manejo de los recursos naturales y capaces de generar empleos dignos a lo largo de todas las cadenas de valor en las que estén insertos.
En ese sentido, el Hemisferio Occidental, o simplemente las Américas, constituye un territorio crucial para el mundo por su aporte a la seguridad alimentaria global —al ser la principal región exportadora neta de alimentos— y por albergar componentes centrales del ciclo del agua y del oxígeno del planeta.
En esta región, los sistemas agroalimentarios y las áreas rurales son dinámicos y ofrecen oportunidades no solo para los productores agrícolas y sus familias. También brindan un servicio imprescindible a toda la sociedad al generar desarrollo económico, empleo, contribuir a la reducción del crimen y de las migraciones descontroladas, y aportar alimentos sanos que fortalecen la paz social y la estabilidad política.
Enfrentar los múltiples desafíos que amenazan la posición de las Américas como región clave para alimentar y nutrir al mundo exige un esfuerzo renovado y sostenido en ciencia, tecnología e innovación, así como el diseño e implementación de nuevas políticas e instrumentos institucionales y financieros que permitan que agricultores, ganaderos y otros actores de las cadenas de valor sean agentes centrales, comprometidos y partícipes de la implementación a gran escala de las soluciones necesarias.
Un organismo internacional con foco y propósito, como el que me honro en dirigir, debe trabajar con los países, sus gobiernos, agricultores, ganaderos y el sector privado para ayudar a desarrollar y difundir soluciones tecnológicas, políticas e institucionales que permitan enfrentar con éxito el desafío de alimentar a una población creciente con dietas saludables y sostenibles, al tiempo que se generan inversiones, ingresos y empleo para impulsar la prosperidad en la ruralidad.
Hoy más que nunca, es necesario contribuir a cimentar los pilares de la prosperidad, las oportunidades y la seguridad nacional. El apoyo internacional, ejecutado con capacidad técnica e institucional, a los complejos agropecuarios de los países cumple un rol central para alcanzar esos objetivos.
Nuestro trabajo debe enfocarse en abordar problemas concretos y contribuir a resolverlos con respeto a las decisiones soberanas de los países, sin atribuirse funciones supranacionales ni exceder mandatos, y con un manejo prudente y responsable de los recursos que los Estados nos han confiado.
Para eso estamos.
