Por: Rodolfo Ardiles Villamonte
En las alturas inclementes de los Andes centrales, específicamente en Uchcumachay, Pachamachay y Telarmachay, distrito de San Pedro de Cajas, provincia de Tarma, región Junín, hace más de seis milenios, el antiguo peruano domesticó a la alpaca (Vicugna pacos), que hoy representa identidad, sustento y un recurso valioso para el Perú.
Allí, los primeros pastores andinos comenzaron a forjar una relación inseparable con este camélido, transformándolo en aliado de su sustento, economía y cultura.

Hoy, esa historia milenaria sigue escribiéndose en las punas heladas, donde miles de alpaqueros mantienen viva la crianza. El Perú concentra cerca del 87 % de la población mundial de alpacas (3.000.000 cabezas) —con más de 4.3 millones de ejemplares, distribuidos en 17 regiones—, según el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego. Según el Censo Nacional Agropecuario (Cenagro) del 2012, el 99 % de la población alpaquera es manejada por pequeños criadores, familias que, generación tras generación, han transmitido el arte de criar y esquilar. El 1 % restante está en manos de cooperativas, organizaciones, medianas y grandes empresas.
La región Puno lidera la crianza de alpacas con 1.459.903 ejemplares, seguido por la región Cusco con 545.454 animales; la región Arequipa con 468.392 cabezas; la región Huancavelica con 308.586 alpacas; la región Ayacucho, con 230.910 ejemplares, y la región Apurímac, con 250.000 alpacas. La raza Huayaca, de vellón esponjoso y corto, representa el 85 % del total de la población, mientras que la Suri, con sus mechas largas, sedosas y brillantes, representa el 15 %. Ambas, sin embargo, regalan una paleta de tonos naturales que hace única la fibra peruana.

Perú lidera la producción mundial de fibra
Asimismo, Perú encabeza la producción global de fibra, con 5.000 toneladas anuales.
“No solo lideramos la producción primaria, también hemos desarrollado la industria”, subraya el ingeniero zootecnista Omar Príncipe Patilla, egresado de la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM) y uno de los especialistas más reconocidos en el tema. Y tiene razón: el Perú no solo es el mayor criador de alpacas, sino que además encabeza la transformación de su fibra en prendas de alta calidad. La región Arequipa concentra el 95 % de la industria textil alpaquera, procesando no solo lo que se produce en el país, sino también lo que llega desde Bolivia, Argentina y Chile.
El liderazgo del Perú, explica el Ing. Príncipe, se debe a la calidad genética de los animales, a los ecosistemas altoandinos que dotan a la fibra de finura excepcional y a la articulación con la moda y el diseño. “Australia, con toda su tecnología, aún no puede superar la calidad de nuestra fibra. El clima y las praderas naturales singulares hacen la diferencia”, insiste.

Competencia
Pero la batalla no se libra únicamente en Sudamérica. Los rivales más serios del Perú son otras fibras de lujo, como la cashmere de la cabra Cachemira de India, Mongolia, Nepal y China (14-19 micras), mohair de la cabra de Angora, originaria de Turquía, o la lana ovinos Merino fino de Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y algunos países de América Latina (15-20 micras). Con programas de mejoramiento avanzados, estas fibras alcanzan finuras de entre 14 y 20 micras, comparables a las mejores alpacas peruanas, que alcanzan un máximo de 18 a 23 micras (super baby y baby).
Se trabaja por una fibra más fina
“El desafío no está en nuestros vecinos, sino en las cashmere, mohair y el merino fino”, advierte Ing. Príncipe. Por eso, en el Perú se impulsan investigaciones para reducir la medulación —esa cavidad central que endurece la fibra y genera aspereza— y mejorar el factor confort. Universidades como La Molina (Lima), Huancavelica (Huancavelica), Daniel Alcides Carrión (Pasco), San Antonio Abad (Cusco) y Del Altiplano (Puno), junto con el INIA, desarrollan proyectos de selección genética y programas de mejoramiento.
La fibra que viaja al mundo
El mercado también respalda esta supremacía. Entre enero y mayo de 2025, las exportaciones peruanas de fibra de alpaca y sus derivados alcanzaron los $88,8 millones, un crecimiento de 9,1 % respecto al mismo periodo del año anterior, según la Asociación de Exportadores (ADEX).
De este total, el 59 % correspondió a materia prima —tops, fibra lavada o cardada—, mientras que el resto fueron productos con valor agregado: hilados, prendas de punto, tejidos y textiles para el hogar. Los principales destinos fueron China (33,4 %), Italia y Estados Unidos, con la región Arequipa liderando los envíos.
Fibras con trazabilidad
El país también avanza en sostenibilidad. La certificación Responsible Alpaca Standard (RAS), promovida por Textile Exchange, ya se aplica al 10 % de la fibra producida en el Perú, garantizando trazabilidad, bienestar animal y responsabilidad ambiental. Sin embargo, su alcance aún es limitado: los pequeños criadores enfrentan barreras económicas para acceder a este sello.
Un futuro por tejer
El negocio alpaquero es vasto y diverso. Mientras la gran industria exporta, las Pymes, las asociaciones de productores y los diseñadores de moda exploran nichos exclusivos en Estados Unidos y Europa. Pero en las zonas altoandinas del centro y del sur del país, el día a día es distinto: los alpaqueros conviven con heladas, sequías y pastos cada vez más escasos por efecto del cambio climático.
La paradoja está allí: el Perú lidera el mercado mundial de la fibra de alpaca, pero la mayoría de quienes la hacen posible —los criadores altoandinos— sigue viviendo en condiciones precarias. Es en ese contraste donde se juega el verdadero reto: transformar el éxito internacional en bienestar local.
La alpaca es, al mismo tiempo, herencia ancestral, motor económico y símbolo cultural. Su fibra, suave y resistente, sigue cruzando océanos y pasarelas de lujo. Y mientras en las punas los pastores continúan esquilando con paciencia milenaria, el desafío está en darle a esa historia —tan antigua como los Andes— un futuro de innovación, sostenibilidad y equidad.
