Por: Jempegti Shuar, presidente de la Cámara de Comercio de los Pueblos Indígenas del Perú
Cuando uno lee los distintos escritos y publicaciones puede advertir en buena parte de la antropología una mirada esencialmente investigativa: “¿Qué comen? ¿Cómo comen?”. Las relaciones de parentesco. “Los cantos, la guerra”. El vínculo con el bosque y el más allá. En las distintas producciones difícilmente aparecen preguntas como: “¿También son peruanos? ¿Son parte también de la historia?”.
Mientras la antropología estudiaba y describía al indígena amazónico desde una posición distante y, en ocasiones, casi frívola, la Iglesia católica procuró conquistarlo desde las trincheras. Los misioneros “entraron a la cancha” para extirpar sus idolatrías. Aunque en el caso de la Amazonía no existió una “conquista” cristiana como tal, el mensaje, si bien ha calado, no ha llegado a ser universal en casi todas las comunidades y entre los diferentes grupos étnicos. No vemos al indígena amazónico enteramente cristianizado, aunque existe en ellos una moral del bien común y el amor al prójimo, no siempre.

Por su lado, el “empresariado” ha intentado obtener del nativo sus recursos y su mano de obra. En el pasado fueron el caucho, las pieles, el petróleo y la madera. Hoy son el oro y, últimamente, los bonos de carbono y los servicios ambientales. Jamás el empresariado ha pensado seriamente en construir un modelo exitoso de ganar-ganar en la Amazonía, salvo algunas experiencias contemporáneas.
¿Y el Estado? El Estado se asemeja a una batalla perdida. La corrupción de las autoridades municipales allí donde viven las comunidades es extremadamente alarmante. Diríamos que hasta casi un pecado mortal. Pero nadie hace algo. Entretanto, el indígena amazónico es en la actualidad un mendigo de la asistencia pública. Un no contactado por sus escuelas, por su agua potable, por su electrificación. Se ha convertido en un pordiosero milenario que grita en medio de un desierto de obras inconclusas y promesas no cumplidas.
En el ámbito interno, cada día cientos de jóvenes emigran hacia las zonas urbanas en búsqueda de trabajo. La anemia y la desnutrición, algo inimaginable en ese mundo casi idílico y lejano que describen los antropólogos, hoy arrecian como la lluvia en los bajiales: fuerte y apremiante. A esto se suma el deseo de superar tales males, especialmente entre los niños y los adultos mayores, pero también la falta de oportunidades para los jóvenes egresados de universidades e institutos.

Los campos agrícolas de la costa peruana son hoy un bastión de esos “neoindígenas”: de los shipibos posmodernos, de los awajún reguetoneros y de los matsés tiktokeros de barrios chinos de ciudades como Ica, Cañete o Trujillo, además de Lambayeque y Piura.
Entonces: ¿qué carajo significa ser indígena ahora? ¿El indígena es ese objeto de análisis de los antropólogos de los años 60? ¿Somos acaso ese mundo casi cristianizado de la falange católica y que en la actualidad estamos sufriendo la epidemia del evangelismo como una de las siete plagas del antiguo Egipto? ¿Somos ese depósito de riqueza, de abusos y derroches del mal empresariado nacional?
¿Ser indígena es ser ese comodín de los fondos internacionales y hablar de autonomía sin ser autónomos? ¿Es vivir manipulados por fuerzas oscuras que lo único que buscan es cosechar de las divergencias internas y perpetuar su poder y peculio? ¿Alguien se siente verdaderamente representado por quienes dicen ostentarnos? ¿Y la ética en el liderazgo? ¿Y el egoísmo? ¿La angurria? ¿El show? ¿Se pueden construir sociedades indígenas verdaderamente justas y acordes con los desafíos actuales? ¿De qué manera conciliar la tradición con la modernidad?
La antropología nos ha estudiado con la minuciosidad de una biblioteca antigua, mas no ha tendido puentes ni ha generado ciudadanía. Nunca hemos sido agentes en el sentido de Amartya Sen en sus papelógrafos. No ha abierto ninguna trocha ni develado algún camino oculto del trayecto escarpado y variopinto de la identidad peruana.
En consecuencia, tampoco hemos sido personas para esa disciplina: esos seres vastos y complejos, capaces de tomar decisiones y construir su propio futuro. Ningún indígena de la floresta, verdaderamente, ha sido ciudadano, salvo para la radiografía intelectual y solitaria.
