Escribe: Dr. Luis Campos Baca, profesor principal de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, doctor en Ciencias Ambientales e investigador Renacyt
La Amazonía continental, un vasto territorio que abarca nueve países y alberga una increíble diversidad socioambiental, enfrenta cambios acelerados que amenazan su equilibrio. Con una extensión de 7.8 millones de kilómetros cuadrados, la región comprende 12 macrocuencas y 158 subcuencas, compartidas por 4.969 municipios y 68 departamentos/estados/provincias de nueve países: Brasil (64.3 %), Perú (10.1 %), Colombia (6.2 %), Bolivia (6.2 %), Venezuela (5.8 %), Guyana (2.8 %), Surinam (2.1 %), Ecuador (1.5 %) y Guyana Francesa (1.1 %).
Este vasto territorio tropical alberga a 33 millones de personas y 386 pueblos indígenas, desplegando su riqueza natural en 610 áreas protegidas y 2.344 territorios indígenas.
A pesar de la diversidad de ecosistemas en la Amazonía, las áreas inundables, cruciales para su dinámica, han sido subestimadas en los análisis. Estos espacios, fundamentales para las comunidades locales, han sido utilizados por miles de años para actividades como la pesca, la agricultura de subsistencia y la extracción de recursos. Sin embargo, a pesar de medio siglo de ocupación europea y más de 50 años de investigación, aún desconocemos su estructura sofisticada.

Agujales, filtros de agua y sumideros de carbono
Las áreas inundables constituyen hábitats ricos en diversidad biológica que desempeñan un papel crucial en el equilibrio ambiental de la Amazonía, contribuyendo significativamente al adecuado ciclo del carbono. Un ejemplo destacado son los aguajales, vastas extensiones caracterizadas por la presencia predominante de la palmera de aguaje (Mauritia flexuosa). Estos ecosistemas no solo actúan como eficaces filtros de agua, sino también como sumideros de carbono, desempeñando una función esencial en la regulación y mitigación de los impactos ambientales.
Agricultura y pesca, actividades esenciales
La agricultura, especialmente en zonas inundables, es esencial para la supervivencia del hombre, brindando alimentos y calidad de vida.
La pesca, por ejemplo, es una actividad primordial que aporta 900.000 toneladas métricas de pescado al año en toda la cuenca amazónica. Sin embargo, el cambio climático amenaza directamente estas áreas, rompiendo su ritmo vital y poniendo en peligro la vida humana y la biodiversidad.
Preservar la cantidad y calidad del agua
El agua, elemento fundamental en la cuenca amazónica, juega un papel esencial en su dinámica ambiental, social y económica. El cambio climático amenaza con disminuir la intensidad de las lluvias, destacando la necesidad de conservar la calidad del agua. Evitar la deforestación se convierte en una estrategia crucial para preservar la cantidad y calidad del agua en la región.
Bosques: Clave en la mitigación del cambio climático
Aunque los bosques amazónicos capturan eficientemente el CO2, la tala y quema pueden liberar grandes cantidades de gases de efecto invernadero. Los bosques en áreas inundables, con su capacidad de captar carbono, podrían ser clave en la mitigación del cambio climático. Esto abre la posibilidad de comercializar estos bosques en los mercados internacionales dedicados a la captación y mitigación de carbono.
Evitar la deforestación, sin duda, ayudará a conservar de manera más eficaz el almacenamiento del agua en el subsuelo y evitará el empobrecimiento de los suelos.
Desafíos y oportunidades
Frenar la pérdida del bosque tropical e impulsar la reforestación, emergen como imperativos inminentes que requieren una colaboración unificada. Este esfuerzo debe ser liderado mediante una alianza entre las universidades amazónicas, instituciones de investigación, la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA), la FAO, el Banco Mundial, los gobiernos regionales amazónicos y el gobierno nacional, respaldados por la cooperación internacional. Es imperativo dirigir investigaciones específicas hacia proyectos modernos y adaptativos que permitan comprender y anticipar los posibles escenarios futuros.
La implementación de políticas que reconozcan y recompensen la gestión sostenible de los ecosistemas, junto con la transferencia de tecnologías para reducir las emisiones, se revela como esencial en este contexto. La senda ética nos conmina a trabajar de la mano para preservar la Amazonía continental, logrando así las metas de desarrollo sostenible y asegurando un porvenir próspero tanto para las comunidades locales como para la biodiversidad única que caracteriza a esta región.
