A primera vista, podría parecer un concepto importado desde Europa, un modelo de gestión moderno, complejo y técnico. Pero la economía circular —ese paradigma que propone reutilizar, reciclar y regenerar lo que antes desechábamos— tiene raíces profundas en el Perú. Raíces que se hunden en la tierra andina, en las prácticas de la agricultura familiar, en los saberes heredados por generaciones que han vivido en armonía con la naturaleza. Hoy, este enfoque no solo se redescubre, sino que se vuelve urgente ante la crisis ambiental y el colapso de los modelos de producción tradicionales.
Del saber ancestral a la política pública
La economía circular rompe con la lógica lineal de “extraer, producir, consumir y desechar” que ha guiado al mundo industrializado desde hace más de un siglo. En cambio, propone un ciclo continuo: reparar, renovar, compartir, reutilizar, reciclar. Se trata de diseñar productos y procesos que mantengan los recursos en uso el mayor tiempo posible, extrayendo de ellos el máximo valor, y luego recuperarlos al final de su vida útil para crear nuevos insumos. No es una moda: es una transformación profunda.

Para el Perú, este enfoque no es del todo nuevo. El Ing. Marcos Alegre Chang, exviceministro de Gestión Ambiental, lo dice sin rodeos: “La economía circular ya existía en el mundo andino, aunque no la llamábamos así. Los sistemas de manejo de residuos, el uso del estiércol para abonar los suelos, la rotación de cultivos, el respeto por los ciclos naturales… todo eso forma parte de una cultura que sabía cómo convivir con la tierra sin destruirla”.
Hoy, desde el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego (Midagri) y con apoyo de la Unión Europea, el Perú cuenta con una Hoja de Ruta para la Economía Circular en el sector agrario, una apuesta por hacer más competitivo y sostenible al campo peruano. Según el ministro de Desarrollo Agrario y Riego, Ing. Ángel Manero Campos, esta estrategia se alinea con la Política Nacional de Competitividad y Productividad al 2030, lo que representa una oportunidad concreta para cambiar la forma en que se produce en el país.
Europa exige
Pero hay más que buenas intenciones. Hay presión internacional. El Pacto Verde Europeo, lanzado en 2019, establece una serie de exigencias para los países que deseen comerciar con la Unión Europea: cero emisiones tóxicas, trazabilidad ambiental, reducción del uso de agroquímicos, conservación de ecosistemas. Para el Perú, cuya agroexportación depende en gran parte de ese mercado, adaptarse a estas normas no es opcional.
“El mundo ha sobrepasado seis de los nueve límites planetarios que garantizan un entorno habitable. Muchos están ligados a la agricultura: pérdida de biodiversidad, sobreuso de fertilizantes, escasez de agua. Y no podemos seguir igual. Si no cambiamos, el modelo simplemente colapsará”, advierte Alegre Chang.
Dos experiencias de economía circular
En el Perú existen experiencias de economía circular. En Pichari, La Convención, Cusco, en pleno corazón del Vraem, la Finca Nueva Esperanza ha desarrollado un modelo circular alrededor del cacao. Su administradora, Srta. Yelka Laura Vila, cuenta con orgullo cómo han aprendido a aprovecharlo todo: el mucílago se convierte en néctar; la placenta del fruto, en espesante para alimentos; las cáscaras, en abono; y las semillas, en chocolate artesanal de alta calidad, que se comercializa con la marca Juan Laura – The Chocolate Farmer.

“Nosotros producimos sin desperdicio. Y no solo reciclamos materiales, también reciclamos saberes. Lo que mi padre sabía sobre el cacao lo hemos combinado con lo que aprendimos en los talleres de la ONU. Así es como transformamos nuestra finca y protegemos el bosque”, explica Yelika, convencida de que la economía circular no es solo una técnica, sino una forma de vida.
A más de mil kilómetros, en Campo Verde, Coronel Portillo, Ucayali, un grupo de mujeres liderado por la Sra. Henny Villacorta Shiapiama, subgerente de Havisha Producción y Comercialización de Productos Agrícolas S.A.C., representa a un grupo de mujeres emprendedoras del Fundo Pishcota, también le ha declarado la guerra al desperdicio. En el Fundo Pishcota, aprovechan cada parte del aguaje, esa joya amazónica subestimada por años. Con la pulpa hacen bebidas; con la cáscara, harina rica en fibra; con los residuos, biocarbón. “La economía circular nace cuando decides transformar sin dañar”, dice Henny. Y esa frase lo resume todo.

Un camino con desafíos
No obstante, el tránsito hacia una economía circular en el Perú aún enfrenta obstáculos: informalidad, falta de incentivos, poca articulación entre sectores, limitada educación ambiental. Pero también hay una ventaja que pocos países tienen: una memoria viva que, aunque relegada, aún habita en comunidades campesinas, en prácticas agroecológicas, en la lógica circular que durante siglos permitió sostener civilizaciones complejas como la inca.
¿Podrá el Perú convertirse en un referente regional en economía circular? Dependerá de nuestra capacidad para unir tradición y modernidad, para pasar del discurso a la acción, y para entender que el verdadero desarrollo no se mide solo en cifras, sino en la calidad del vínculo entre sociedad y naturaleza.
Porque tal vez, después de todo, el futuro sostenible del país esté más cerca de lo que pensamos: sembrado en la chacra de un agricultor, fermentando en la pulpa de un cacao o brotando del corazón rojo de un aguaje amazónico. Solo tenemos que aprender a mirar de nuevo lo que ya sabíamos.
