El desarrollo regional en base a la pequeña agricultura

Escribe: Dr. Carlos Pomareda Benel, consultor en desarrollo rural y exfuncionario del Instituto Interamericano de  Cooperación para la Agricultura (IICA)

El apoyo a la agricultura en la mayoría de las regiones es absurdamente bajo, debido a una  falta de  visión por parte de las regiones, que permita capitalizar sobre los activos naturales en cada una de esos espacios de territorio.

Esa desidia se evidencia en la  ausencia de planes de gestión de los territorios rurales, donde la agricultura es la principal actividad económica, pero donde  pesan más  las obras de cemento que permiten colocar una placa recordatoria; la ínfima asignación de recursos de inversión de los gobiernos regionales y locales, cuyo presupuesto  en promedio es del 5.5 % y fluctúa entre el 1 y el 18 % del presupuesto de los gobiernos regionales; y la lamentable costumbre de pensar que las directrices deben venir desde Lima. Todo esto es superable, y en esta nota se ofrecen los argumentos.

La agricultura en la economía de las regiones

En las regiones del Perú, la agricultura, la  agroindustria  básica,   el comercio de insumos y de maquinaria y equipo, así como la prestación de servicios vinculados al campo, conforman el conglomerado económico agrario-rural que sostiene la economía y la estructura social. Este conjunto representa en las regiones, entre el 30 y el 40 % del PIB (con la excepción de Lima); y desde luego podrían ser sumas mayores en valor agregado, si gran parte de las agroindustrias e industrias de alimentos estuviesen en dicho ámbito y menos en Lima y otras ciudades que se nutren de los productos primarios que salen del campo. Estos parámetros a nivel regional contrastan con el promedio nacional en el que la agricultura representa solo el 7.8 % del PIB nacional; cifra que se ha usado equívocamente para menospreciar la importancia de la agricultura.

A lo anterior se suma el hecho que el valor del aporte de la agricultura a nivel regional sufre del severo problema de los ínfimos precios que reciben los productores agrarios, en relación a lo que pagan los consumidores. Ello evidencia los altos costos de intermediación y que desde luego representan gran parte de los ingresos de los intermediarios y las pérdidas postcosecha.

Estas observaciones no desconocen la importancia económica de las actividades extractivas como la minería en algunas regiones; la cual ha contribuido al crecimiento económico de algunos distritos y provincias. Esta contribución de la minería a la economía de las regiones, especialmente en la sierra, es transitoria, solo mientras se da la actividad extractiva. Ello marca una diferencia sustancial con la agricultura, cuyo crecimiento es posible en forma continua cuando se conservan los suelos, el agua y la biodiversidad.

Es cierto que gran parte de la productividad en la agricultura en varias regiones o por lo menos parte de ellas, es baja y muy variable, dependiendo del clima, erosión de los suelos, semillas inadecuadas, deficiente labranza, etc. pero no puede usarse como argumento para el abandono. La productividad de la tierra y del recurso humano en la agricultura de pequeña escala es en algunos casos razonable, cuando se hace uso de tecnologías adecuadas, riego, maquinaria, equipos, adecuada gestión y la dedicación a rubros de alta rentabilidad y logro de precios razonables. Hay mucha evidencia de estas condiciones y también propuesta para extender el cambio ya logrado.

Factores estructurales incuestionables

Desde el punto de vista social, la agricultura, especialmente la de pequeña escala, en todas las regiones es la principal actividad de 2.5 millones de familias en forma directa, Y para muchas de estas familias, sus predios producen la base de su alimentación y sus ingresos. Su familia, tierra y animales, son su único patrimonio; y muy importante, por lógica de supervivencia, no son hipotecables. El argumento de que con tan poca tierra no se puede sostener una familia y que la migración es la salida, es una política del avestruz. Miles de ejemplos de pequeña agricultura demuestran que, sí es posible sostener dignamente a la familia, enviarlos a los hijos a la universidad, tener un vehículo y que todos porten un celular.

El punto de partida para definir los programas de apoyo a la agricultura nacional, especialmente la de pequeña escala, es reconocerla como una realidad estructural de un enorme peso social.  Esto implica una visión diferente, verla y valorarla como un activo de altos retornos potenciales, económicos, sociales y ambientales, el cual debe ser reconocido en la visión política, y en el modelo de desarrollo.

Dos aspectos son centrales en el cambio. Primero reconocer que la innovación tecnológica puede ser congruente con conocimientos ancestrales que han sido soslayados y menospreciados bajo la creencia que la educación formal sustentada en las orientaciones de la cultura occidental, tenían supremacía. Valorar y aprovechar esos conocimientos y tecnologías tradicionales es la base de una agricultura más sostenible; lo cual está ampliamente documentada. Y, en segundo lugar, valorar más genuinamente, las contribuciones de productos nativos que enriquecen la cultura culinaria del Perú y en el extranjero, los cuales vienen de la biodiversidad que tipifica la agricultura de las regiones.

 

Decisiones políticas y acciones concretas

Para apoyar el desarrollo regional sustentado en la agricultura no es necesario pensar en más comisiones, mesas de diálogo, etc. Lo que se requiere son acciones concretas a nivel de regiones y en el ámbito nacional.

  • Que los gobiernos regionales y locales ubiquen el tema agrario, como eje de su modelo de desarrollo; proyecten una imagen positiva de la región para atraer inversión privada, y amplíen sustancialmente los ínfimos recursos con que cuentan las agencias agrarias.
  • Revisar los proyectos nacionales para que tengan metas articuladas a los objetivos de desarrollo regional y local, con fondos de contrapartida y ver sus acciones a nivel local con una visión de desarrollo del territorio, cuyo bienestar se trata de lograr.
  • Incrementar la colaboración entre los gobiernos regionales y locales con el Midagri y otros ministerios cuyo aporte es indispensable para superar problemas que afectan al agro y para los cuales el Midagri no está facultado, como los relacionados a las vías de comunicación, el financiamiento, las exigencias ambientales, etc.
  • Autorizar al Midagri y a los GORE a aportar en contrapartida recursos para elaborar los Planes de Desarrollo Agrario Regional. Dichos planes deben ser explícitos en cuanto a estrategias productivas y de agregación de valor; acciones a desarrollar de parte de las entidades estatales, GORE y organizaciones locales (incluyendo las juntas de usuarios y gremios por producto-cadena) participación de las empresas en el sector agroindustrial y compromisos de recursos a ser presupuestados durante los próximos cinco años.
  • Comprometer a todas las organizaciones antes referidas para que participen en la ejecución de los planes y establecer un sistema efectivo de seguimiento del cumplimiento de los compromisos.

Las tareas antes referidas son viables si hay una decisión política, especialmente de los gobiernos regionales y locales y voluntad de las organizaciones y las empresas agroindustriales. Estas tareas no deben tomar gran cantidad de recursos, si se trabaja con dedicación. Es indispensable saber hacia dónde se quiere ir, no solo como individuo, familia y empresa, sino como organización económico-social a nivel de territorio.

 

 

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